Y sin embargo ella tiene razón, llenamos nuestras arterias de mierda hasta que explotan, nos alejamos a la morada de la hipocresía. Y yo un día, sin saber cómo, la dejé escapar. Como a otros tantos, otros tantos llenos de ilusiones. Me contaron que más de uno las perdio por el camino, pero también supe que caminarían hasta que se le rasgaran los pies, que continuarían el camino, sin mí, y que aprenderían a valorar de una manera más profunda que yo. Y aquí me he quedado, con el picor de aquel palo que me di a mi misma, y les recuerdo y la nostalgia, a mi pesar, no será nunca felicidad. Errar es de humanos, dicen, pero perdonar se extravió de nuestra naturaleza. Al final resulté ser la mierda, como dice Charles,
la que evita, la suciedad que quieren quitar, la única pieza que no encaja, la única que tiene que coserse la sonrisa y además, creersela.
Esto es para la princesa de las palabras, para la dueña de las curvas de su cintura.
Siempre tan presente.